En Viral en Dominicana recopilamos los datos reportados sobre este hecho.
Fuente original: ver publicación.
A las ocho de la noche, el silencio volvió a interrumpirse por segundo día consecutivo en distintos sectores del Gran Santo Domingo.
Desde balcones, galerías y ventanas comenzó a escucharse el sonido metálico de ollas, calderos y tapas golpeadas con cucharas. En cuestión de minutos, el cacerolazo resonó en Bella Vista, Naco, Arroyo Hondo, El Renacimiento, Herrera y Evaristo Morales. Quienes protestan desde sus hogares para expresar su rechazo al alto costo de la vida, el incremento de los combustibles, la presión tributaria, denuncias de presuntos abusos policiales y el proyecto de ley sobre libertad de expresión que sus críticos han bautizado como la “ley mordaza”.
Para muchos dominicanos la escena resultó familiar. No es la primera vez que las ollas se convertían en un instrumento de protesta. El país ya ha vivido manifestaciones similares, pero esta nueva convocatoria confirmó que el cacerolazo dejó de ser una reacción aislada para consolidarse como una de las expresiones de protesta ciudadana más visibles de los últimos años.
Aunque hoy forma parte del panorama político y social dominicano, el cacerolazo no nació en República Dominicana. Esta modalidad de protesta tiene antecedentes en varios países de América Latina, donde durante décadas fue utilizada por ciudadanos para expresar inconformidad frente a crisis políticas, económicas o sociales. Su característica principal es la sencillez: cualquier persona puede participar desde su casa golpeando utensilios de cocina, sin necesidad de integrarse a una marcha o concentración en las vías públicas.
Te puede interesar: Realizan cacerolazos en distintos puntos de Santo Domingo en protesta por la situación del país
En el país, esa forma de manifestarse adquirió identidad propia hace apenas seis años.
El origen: una crisis electoral sin precedentes

Para encontrar el punto de partida de los cacerolazos en República Dominicana hay que regresar al 16 de febrero de 2020.
Ese día, miles de ciudadanos acudieron a votar en las elecciones municipales, pero el proceso fue suspendido pocas horas después de iniciado debido a fallas en el sistema de voto automatizado utilizado por la Junta Central Electoral. La decisión provocó desconcierto en la población y abrió una crisis política que marcó la historia democrática reciente del país.
Mientras las autoridades intentaban explicar lo ocurrido, crecía la indignación de una ciudadanía que reclamaba respuestas. Las redes sociales se convirtieron en el primer escenario de ese descontento y, poco después, las manifestaciones pasaron del mundo digital a las calles.
El principal desplazamiento y punto de encuentro fue en la Plaza de la Bandera, frente a la sede de la Junta Central Electoral, donde comenzaron a concentrarse jóvenes, profesionales, artistas, comunicadores, estudiantes y familias enteras. Aunque los participantes provenían de distintos sectores de la sociedad, coincidían en un mismo reclamo: exigir una investigación transparente sobre la suspensión de las elecciones y garantizar el respeto al derecho al voto.
Con el paso de los días, las protestas crecieron y captaron la atención del país. Sin embargo, no todos podían acudir diariamente a la Plaza de la Bandera. Había quienes apoyaban el movimiento, pero por razones de trabajo, salud o distancia no podían participar de manera presencial.
Fue entonces cuando surgió una alternativa que cambiaría la manera de protestar en República Dominicana.
El día en que las ollas comenzaron a hablar

A través de las redes sociales empezó a circular una convocatoria para que la noche del 21 de febrero de 2020, a las 8:00 p. m., los ciudadanos salieran a balcones, patios, galerías y frentes de sus viviendas para golpear ollas, calderos y tapas durante varios minutos.
La iniciativa fue impulsada por ciudadanos y respaldada por diversas figuras públicas. La propuesta era sencilla: quienes no pudieran acudir a la Plaza de la Bandera tendrían una forma de unirse al reclamo desde sus propios hogares.
La respuesta superó las expectativas.
A la hora acordada, el sonido comenzó a escucharse de manera simultánea en el Distrito Nacional, Santiago, San Francisco de Macorís, La Vega, San Cristóbal, Puerto Plata y otras provincias. Miles de personas participaron en lo que la prensa nacional identificó como el primer cacerolazo de alcance nacional documentado en República Dominicana.
Las imágenes recorrieron el país. Desde edificios y residenciales podían verse decenas de balcones ocupados por personas golpeando utensilios de cocina mientras ondeaban banderas dominicanas o aplaudían en señal de respaldo a las protestas. Sin discursos ni tarimas, el ruido de las ollas se convirtió en un mensaje colectivo dirigido a las autoridades.
El impacto fue inmediato. Dos días después, el 23 de febrero, se realizaron nuevas convocatorias para mantener la presión ciudadana mientras continuaban las concentraciones en la Plaza de la Bandera. A partir de ese momento, el cacerolazo dejó de ser una iniciativa espontánea para convertirse en una herramienta de protesta que cualquier ciudadano podía replicar.
Más allá del reclamo electoral, las cacerolas empezaron a representar un sentimiento más amplio de inconformidad. Para muchos participantes simbolizaban el rechazo a la corrupción, la impunidad y la pérdida de confianza en las instituciones públicas.
Sin saberlo, los dominicanos acababan de incorporar una nueva forma de participación ciudadana que, con el paso del tiempo, volvería a escucharse por motivos distintos, pero con un mismo propósito: hacer que sus demandas fueran escuchadas.
Del silencio de la pandemia al regreso de las cacerolas
Cuando los cacerolazos comenzaban a consolidarse como una nueva forma de protesta ciudadana, la llegada del COVID-19 en marzo de 2020 obligó a suspender las concentraciones públicas, restringir la movilidad y declarar el estado de emergencia. La Plaza de la Bandera dejó de ser el punto de encuentro de miles de manifestantes y las calles quedaron prácticamente vacías.
Con la emergencia sanitaria, las prioridades cambiaron. El temor al contagio, la incertidumbre económica y las medidas adoptadas para enfrentar la pandemia desplazaron las protestas del debate público. Durante los meses siguientes, las cacerolas dejaron de sonar y la modalidad quedó en pausa, aunque no desapareció de la memoria colectiva.
Para muchos dominicanos, aquellas jornadas de febrero de 2020 demostraron que era posible expresar inconformidad de manera pacífica y sin necesidad de ocupar las calles. Esa experiencia quedó latente y resurgiría cuando una nueva decisión gubernamental despertó el rechazo de distintos sectores.
La reforma fiscal revivió la protesta

Cuatro años después, el sonido de las ollas volvió a escucharse.
En octubre de 2024, el Gobierno sometió al Congreso Nacional el proyecto de Ley de Modernización Fiscal, una propuesta que buscaba reformar el sistema tributario para aumentar las recaudaciones del Estado. Entre otros cambios, contemplaba la eliminación de algunas exenciones y nuevos gravámenes, lo que generó preocupación en amplios sectores de la población.
Mientras el Gobierno defendía la necesidad de la reforma para fortalecer las finanzas públicas, empresarios, comerciantes, profesionales y ciudadanos advertían sobre el impacto que las medidas podrían tener en el costo de la vida y en la economía de los hogares.
Las redes sociales volvieron a convertirse en el principal espacio de organización ciudadana.
La noche del 13 de octubre de 2024, residentes de sectores como Piantini, Bella Vista, Naco, La Esperilla, Gascue y Evaristo Morales salieron nuevamente a balcones y galerías para hacer sonar ollas y calderos. A diferencia de las protestas de 2020, el reclamo ya no estaba relacionado con la defensa del voto, sino con el rechazo a una reforma que, según sus críticos, aumentaría la carga económica sobre las familias dominicanas.
Durante varios días consecutivos se realizaron nuevas convocatorias y el ruido volvió a extenderse por distintos puntos del Gran Santo Domingo. Las imágenes recordaban inevitablemente las jornadas de la Plaza de la Bandera, aunque el contexto era completamente distinto.
Pocos días después, el presidente Luis Abinader anunció el retiro del proyecto de reforma fiscal para abrir un proceso de diálogo con diferentes sectores nacionales. La decisión fue recibida como una señal de que el rechazo ciudadano había tenido un peso importante dentro del debate público, aunque el Gobierno insistió en la necesidad de discutir una reforma tributaria en el futuro.
Una protesta que evolucionó con la tecnología
Si algo distingue a los cacerolazos de otras formas de manifestación es su capacidad para organizarse de manera rápida y descentralizada.
En 2020, las primeras convocatorias se difundieron principalmente a través de Twitter y WhatsApp. Con el paso del tiempo, plataformas como Instagram, Facebook, TikTok y Telegram ampliaron el alcance de esas iniciativas, permitiendo que una convocatoria llegara a miles de personas en cuestión de minutos.
Ese cambio también transformó la manera en que los ciudadanos participan en las protestas.
Hoy no hace falta pertenecer a un partido político, un sindicato o una organización social para sumarse a un cacerolazo. Basta con conocer la hora de la convocatoria, salir al balcón o al frente de la vivienda y hacer sonar una olla.
Esa facilidad explica por qué esta modalidad ha logrado mantenerse vigente y adaptarse a distintas coyunturas políticas y sociales.
A diferencia de una marcha tradicional, el cacerolazo no requiere una logística compleja ni un lugar específico de reunión. Cada vivienda puede convertirse, por unos minutos, en un espacio de protesta.
Con el paso de los años, el significado de esta manifestación también cambió. Lo que nació como una respuesta a una crisis electoral pasó a convertirse en un mecanismo para expresar inconformidad frente a decisiones económicas, iniciativas legislativas, denuncias de abusos de poder y otras situaciones que generan preocupación en la población.
Ese proceso de transformación quedó nuevamente en evidencia la noche del 6 y 7 de julio de 2026, cuando las ollas volvieron a sonar, esta vez por una combinación de reclamos que reflejan las principales inquietudes de una parte de la sociedad dominicana.
2026: el ruido volvió, pero las demandas cambiaron

Seis años después de aquel primer cacerolazo nacional, las ollas volvieron a ocupar un lugar en el debate público dominicano. En los primeros días de julio de 2026, ciudadanos de distintos sectores del Gran Santo Domingo respondieron a una convocatoria difundida en redes sociales y salieron a balcones, galerías y frentes de sus viviendas para manifestar su inconformidad.
Una convocatoria que motiva los cacerolazos diarios, tiene como segundo objetivo un paro nacional y posteriormente, si no son escuchados, lanzarse a las calles en protesta de sus demandas.
A diferencia de 2020, cuando el reclamo giraba exclusivamente en torno a la suspensión de las elecciones municipales, esta vez la protesta reunió múltiples demandas. Entre ellas figuraban el aumento del costo de la canasta familiar, los elevados precios de los combustibles, la carga tributaria, denuncias sobre presuntos abusos policiales y el rechazo al proyecto de ley sobre libertad de expresión, conocido por sus detractores como la “ley mordaza“.
En sectores como Bella Vista, Naco, Arroyo Hondo, El Renacimiento, Herrera y Evaristo Morales volvió a repetirse una imagen que muchos dominicanos ya reconocen. Sin necesidad de convocar marchas multitudinarias ni cerrar calles, decenas de familias hicieron sonar ollas, tapas y calderos como una forma de expresar que sus preocupaciones merecen ser escuchadas.
Aunque las causas han cambiado con el tiempo, la esencia de esta modalidad de protesta permanece intacta: convertir un objeto cotidiano en una herramienta de expresión ciudadana.
Del ruido al mensaje
En apenas seis años, los cacerolazos pasaron de ser una forma de protesta prácticamente desconocida en República Dominicana a convertirse en una expresión recurrente del descontento ciudadano. Su evolución demuestra que las maneras de participar también cambian con la sociedad y que las demandas de la población se transforman con el tiempo.
Las razones que llevaron a miles de dominicanos a golpear una olla en 2020 no son las mismas que motivaron las convocatorias de 2024 o las de 2026. Sin embargo, todas comparten un mismo propósito: llamar la atención sobre asuntos que una parte de la ciudadanía considera prioritarios.
Mientras existan temas capaces de generar inconformidad colectiva, es probable que el sonido de las cacerolas continúe apareciendo como una forma de expresar opiniones, canalizar reclamos y recordar que, en democracia, la protesta pacífica sigue siendo uno de los mecanismos con los que cuenta la ciudadanía para hacerse escuchar.
The post Cacerolazos se convierten en voz de la población para expresar descontentos con gobiernos de RD appeared first on N Digital.

Comentarios